martes, 29 de enero de 2008

Historia antigua


Me lo quise llevar a la cama en cuanto lo vi. Alto, muy alto, atlético, mucho, guapo, muy, muy guapo y, lo mejor de todo, interesante. La primera conversación que tuvimos fue sobre la diosa Hera. El chico era perfecto. Así que rediseñé un poco mi vida para acoplarlo en ella, y así fue.

Silver se hacía llamar. Al principio solo quedábamos, tomábamos un café o íbamos a cenar y charlábamos sobre historia antigua. Yo era la envidia de toda mujer que se cruzase conmigo y no me extraña. Parece ser que él empezaba a sentir algo, lo supuse en el momento en que le puso mi nombre a su contraseña de correo electrónico y, además, me lo dijo.

Ese mismo día, nos acostamos. Casi no debería relatar más del asunto, por si alguien lo conoce, pero no puedo evitarlo. Es que jamás hasta entonces había visto algo igual, y nunca más lo he vuelto a ver, a tener, entre mis piernas. Era el miembro más pequeño del que haya tenido yo conocimiento. Y el tamaño sí importa, al menos para mi.

Seguimos viéndonos unas semanas pues seguía habiendo mucho feeling, pero si la cama falla, no hay más que hacer. Las chicas pensaban que estaba loca, dejar escapar a alguien así y todas me pedían explicaciones. Mi respuesta: tiene algo que casi ni lo notas pero no acaba por hacerte sentir bien.

viernes, 18 de enero de 2008

Un primer beso


Siempre que salía de clase me la cruzaba en los pasillos, a pesar de que yo sabía que tenía clase en otra planta. Era mayor que yo, unos tres años, pero no me importaba. Yo seguía insistiendo en mis coqueteos. Sé que mis amigos y compañeros se reían de mi, pero ellos desconocían lo que sucedía después.

Cada tarde, al finalizar las clases, seguía el mismo ritual. Recogía mis libros y me iba corriendo a la biblioteca, entraba en silencio, daba un vistazo rápido a la sala de estudio y me dirigía hacia una mesa. Me sentaba y, frente a mi, estaba ella, con la cara sumergida en unos libros que se me hacían complicadísimos. Entonces asomaba su nariz y me sonreía con tal belleza que ya no necesitaba nada más que devolverle la sonrisa.

Permanecíamos dos horas en silencio, alzando de vez en cuando la vista, furtivamente, sonriéndonos. Y cuando llegaba el momento de marchar, nos levantábamos a la vez, recogíamos y salíamos juntos de la biblioteca. Yo la acompañaba hasta su casa, hablábamos todo el camino, de nuestros sueños, de ilusiones, pero nunca de nosotros.

Una tarde, cuando estábamos bajo su casa, me dijo que se marchaba. Que volvería, pero no sabía cuando, así que me acerqué y la besé. La besé con tanta torpeza que golpeé con mis dientes los suyos y vi un gesto de dolor en sus ojos. Pero no dijo nada. Nos despedimos.

Cuatro años pasaron hasta que nos volvimos a ver. Ella estaba espléndida, yo era un hombre ya. Fuimos a una cafetería, parecía que estuviésemos solos, no había nadie más a nuestro alrededor a pesar de estar lleno de gente. No le pregunté sobre su vida amorosa, ella no me preguntó a mi, sencillamente, la tensión sexual estaba asfixiándonos.

Quedamos para otro día, mientras tanto, nos llamábamos, nos enviábamos mensajes y correos, a cada uno más provocador que el anterior. Fuimos directamente a un hotel donde pasamos toda la tarde amándonos, apaciguando ese deseo que parecía no agotarse nunca.

Después de ese día no nos volvimos a ver. Yo supe que ella tenía una relación y a mi me ofrecieron trabajo casi en la otra punta del país. No podía haber prosperado pero, al menos, espero que pudiese olvidar el recuerdo de aquel primer beso.

viernes, 11 de enero de 2008

Un café


Intenta llegar cada día puntual, esperando al menos cruzarse con su mirada. Eso cuando no tiene la suerte de coincidir con él, justo antes de irse, al llegar ella y poder mantener una breve conversación. Hace tiempo ya que se conocen, quizá un año, tal vez más, y todavía no sabe su nombre. El misterio mantiene tensas sus entrañas y el corazón en vilo, haciendo equilibrios entre el deber y el deseo. Solamente eso le basta por el momento.

Le conoció un día en que ella no estaba de buen humor y él pagó su estado, a pesar de haberla salvado. De algún modo, aún sin saber la tensión emocional que iría creciendo a lo largo de los días, ella no supo pedirle disculpas. Ambos van cambiando sus horarios, él desaparece durante semanas, pero al volver parece que ni unos minutos hubiesen pasado. La sigue mirando, clavándole sus ojos oscuros en el alma, leyéndola. Crea en ella un sonrojo que luce en su rostro aún rato después, sólo pensando en sus labios. Todavía piensa en ese café al que le quiso invitar por salvarla, propuesta que aún no ha sido capaz de hacer salir de su boca. Quizá algún día, aunque ya es tarde para eso.

La última vez que le vió, él a punto de irse, ella acababa de llegar. Estaba entretenido con su teléfono, marcando letras sin cesar, con una sonrisa que lo iluminaba entero. Ella sintió una puñalada en su orgullo, no tiene derecho a sentirse celosa, no es nadie para él. Él no es nadie para ella. En cambio es el deseo mismo, el misterio que la atrapa, la succiona hacia un mundo de fantasía, lleno de sueños, de sonrisas, de locura, de calor, de dulces palabras susurradas al oido. Esas palabras que sabe que nunca tendrá para ella. A pesar de todo, cada mañana, cada tarde, cada noche, sigue luchando contra reloj para llegar puntual. Quizá mañana lo vea. Quizá mañana le invite a un café.